Consejos a los candidatos para triunfar en los próximos debates electorales en España

A punto de comenzar la campaña de las elecciones generales del Congreso de los Diputados y del Senado en España, desde Settoku·Persuasión Lab, fruto de nuestra experiencia en oratoria y debate, hemos elaborado una serie de recomendaciones a los candidatos y portavoces en los diversos debates que retransmitirán las televisiones y criterios a tener en cuenta en la audiencia. Veamos qué analizar, tanto en forma como en fondo, para persuadir a los votantes en este ejercicio dialéctico.

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En primer lugar, conviene insistir en que la preparación es la base fundamental de todo debate. El candidato debe conocer de forma pormenorizada tanto su programa electoral como el del resto de partidos, para anticiparse argumentalmente, al igual que las materias sobre las que debatirá. Asimismo es fundamental practicar ensayando el debate para probar la calidad del propio discurso, por dónde puede ser atacado y familiarizarse con el formato, el espacio y el medio. No es lo mismo una intervención en el Congreso o en un mitin que en un plató de televisión. Recordemos los famosos debates Kennedy-Nixon, Obama-McCain, González-Aznar, Zapatero-Rajoy…

FORMA

Ya en directo, el primer objetivo es empatizar con la audiencia. Los políticos han de exprimir al máximo su turno de presentación para conectar con la audiencia, así como el discurso final, o minuto de oro en otros debates, puesto que será el regusto final que dejen, de postre, en el paladar de los espectadores y, probablemente, sea lo más recordado de sus exposiciones como ha resultado en anteriores ediciones. Por tanto, es fundamental tenerlo bien preparado con objeto de aprovechar al máximo una oportunidad en la que el foco está centrado únicamente en uno.

Esta conexión vendrá facilitada por la manera de presentarse, actuar y un mensaje directo, relevante y cercano para los electores. Es decir, céntrense en los problemas de la ciudadanía eludiendo polémicas estériles, endogámicas o alejadas de la vida a pie de calle que sólo conseguirán que los espectadores desconecten.

En los formatos donde participan varios candidatos, más allá del que venía siendo el tradicional cara a cara, hay una tarea extra: diferenciarse del grupo con el carisma en su manera de vestir (adecuada a nuestra forma de ser, las ideas que defendemos, los electores a los que nos dirigimos y que nos siente bien. ¿Recordamos el estrecho traje de Rajoy?), comportamiento, expresividad y brillantez discursiva, mensajes, ideas, recursos…

Los oradores deben estar activados a lo largo de todo el debate y no sólo durante sus intervenciones. Así evitarán que las cámaras les sorprendan en actitudes de desinterés o distracción, consultando el reloj o mirando a los focos, y practicarán la escucha activa con el fin de refutar más eficazmente a sus contrincantes. El elector valora que los oradores muestren una comportamiento de respeto e interés por el resto de debatientes.

Hay que trabajar el carisma en la manera de vestir, comportamiento, expresividad y brillantez discursiva, mensajes, ideas, recursos…

Esta empatía, que convendrá transformar en simpatía, se logra también configurando el carisma con una actitud personal segura, amable, abierta (con un lenguaje verbal adecuado, desde la sonrisa hasta la expresividad con las manos), educada, calmada (que, además, nos ayuda a exponer con mayor lucidez) y respetuosa frente a aquellos oradores que entienden equivocadamente que les confiere mayor fuerza interrumpir constantemente a los demás, gesticular ostensiblemente, rezongar sobre las otras exposiciones, abusar de los aspavientos… 

En este sentido, el lenguaje paraverbal (postura corporal, gestualidad o uso de la voz) ha de adecuarse al medio y a nuestro mensaje. En muchas ocasiones, nuestro sexto sentido nos advierte de una posible falsedad al percibir cómo el lenguaje no verbal contradice lo que el otro nos está diciendo. Inconscientemente expresa rechazo o escasa convicción en lo que afirma. Todo ello les restará credibilidad.

FONDO

Un político, pese a lo que piensen muchos, no es un actor aunque emplee técnicas de actuación en su puesta en escena. No interpreta un papel, sino que ha de ser él mismo, su partido y su mensaje. Su credibilidad aumenta si interioriza el discurso y lo hace suyo. Si se siente cómodo con su intervención, tendrá más capacidad de persuasión. Conviene expresarse con naturalidad, huir de lo impostado, renunciar a recursos que no domine, como el humor si uno es poco gracioso. Buenos ejemplos de este tipo de situaciones impostadas, repetidos hasta la saciedad, son la famosa niña de Rajoy o el silencio de Rivera que consiguieron un efecto contrario al esperado al resultar artificiales. Por este motivo, conviene ensayar. El papel resiste todo pero si lo ponemos en práctica y no funciona, por mucho que nos encariñemos con una idea, habrá que desecharla por nuestro bien.

Eviten también sepultar al público en una avalancha de cifras y otros datos técnicos en estos enfrentamientos. Es preferible un número limitado de mensajes, reiterado con frecuencia, que un abanico inagotable de elementos incomprensibles y desestructurados, arrojados a los rivales como perdigones sin ton ni son. Los espectadores deberíamos ser capaces de resumir las principales ideas de cada candidato al terminar el debate.

La credibilidad aumenta si interiorizan el discurso y lo hacen suyo.

Por ello, el mensaje ha de ser claro, conciso y preciso. El lenguaje tiene que ser rico al tiempo que sencillo, que no simple. Muchas veces nos hundimos en tecnicismos, especialmente en lo económico, con términos como IPC que fácilmente podemos traducir por el coste de la vida. Algo así le sucedió a Josep Borrell en su intervención, cuando lideraba al PSOE, en su único Debate sobre el Estado de la Nación como líder de la oposición al cargar su exposición de oscuros tecnicismos y una saturación de datos para el común de los mortales. Él mismo se enredó en su material.

Todo debatiente debe ser consciente de los puntos fuertes y débiles de sus tesis y también de las del contrario con el fin de aprovecharlas en su provecho, derribar la otra postura como un castillo de naipes o sellar posibles boquetes en su argumentación. De hecho, conviene conocer de antemano las flaquezas argumentales o personales (edad, experiencia…) para saber darles la vuelta en beneficio propio.

Hay que argumentar de una manera adecuada para resultar más convincentes. Soltar datos como metralletas no sirve de nada si no soportan un argumento. Una manera de construirlo es mediante una sencilla estructura ARE (Afirmación + Razonamiento + Evidencia).

No hay opción de segundas oportunidades.

Un buen candidato conecta mejor si estructura convenientemente su alegato y nos lleva de la mano para comprender fácilmente sus ideas organizándolas como eslabones de una cadena y, especialmente, tiene que centrarse en proponer en vez de ocuparse únicamente en destruir las tesis de los demás. Tendemos a preferir a quien nos plantea un camino de futuro frente al agorero para quien todo va mal, destruye el suelo bajo nuestros pies y no tiende una cuerda a la que sujetarnos. Necesitamos esperanza.

Los pocos recursos auxiliares que permite el formato pueden ser de utilidad si son limitados, sin abusar para no cansar o caer en la autoparodia, y adecuados al discurso. Por ejemplo, cuando se citen diversas estadísticas económicas, una gráfica clara permite ilustrar convenientemente nuestra exposición pero ésta debe resultar nítida para las cámaras y comprenderse en un simple vistazo, que es el tiempo que permanecerá en pantalla. Sobre todo, como hemos visto en debates recientes, eviten que el atril acabe con mil objetos amontonados como el mostrador de un zoco. El desorden causa desasosiego y la acumulación de objetos provoca ruido y distracción.

Todo esto no garantiza ganar el debate ni las elecciones pero, desde luego, ayuda a no perder. Y eso ya es un éxito, especialmente, cuando la campaña no contempla segundas oportunidades.